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  • La regla de oro

    La Asociación de Cristianos Universalistas realiza la siguiente declaración de fe:

    Creemos que hay un mandato universal que nos exhorta a amarnos unos a otros tal como nos amamos a nosotros mismos y a servirnos unos a los otros.

    Esta es la enseñanza moral más fundamental y esencial que podamos encontrar en cualquiera de las más grandes religiones y filosofías del mundo. Jesús le dio forma hace dos mil años cuando pidió a sus seguidores que amaran a su prójimo, y no solamente eso, sino que incluso amaran a sus enemigos (Mr. 12:31, Lc. 6:27-31). Toda moral verdadera deriva de esta “regla de oro”, que nos manda que tratemos a los demás como queremos que nos traten a nosotros.

    Jesús no solamente impartió esta enseñanza sino que demostró este mensaje esencial de amor por todas las personas, a través de su deseo por compartir con los desechados de la sociedad: los leprosos (que se consideraban ritualmente indignos), los cobradores de impuestos del imperio romano (que se consideraban traidores a Israel), distintos tipos de pecadores (que se consideraban inapropiados cerca de un rabí o un hombre santo). Jesús irradiaba compasión, misericordia y perdón, las grandes virtudes divinas, y animaba a sus seguidores a seguir sus pasos y perdonar a los pecadores (Mt. 6:12, 18:21-22, Lc. 6:36-37, 23:34, Jn. 8:7).

    Jesús de forma repetida nos mostró que era necesario para nuestra espiritualidad una entrega desinteresada a los menos afortunados de la tierra; de hecho, esto es lo que Dios espera de nosotros (Mt. 25:34-40, Mc. 9:35, Lc. 22:26). El amor, el servicio a los demás y la caridad son tan importantes que sin ellos, nuestra dedicación religiosa quedaría sin significado: la fe sin obras está muerta, nos dice el apóstol Santiago (2:14-16).

    Todos somos hijos de Dios (Mal. 2:10, Ro. 8:16, Ef. 4:6), y, por lo tanto, debemos tratar a todas las personas como nuestro hermano o hermana. Cualquier otra cosa significaría un menosprecio de ser humano y, como consecuencia, de uno mismo. No hay ninguna excepción a esta regla, ni la persona más malvada, torcida, corrupta, vil, indecente o pervertida, indeseable está más allá de nuestra obligación para amarla (Jn. 13:34-35, Ef. 3:16-19, 1 P. 4:8). Y esto nos incluye a nosotros mismos. El amor a los demás comienza cuando uno se ama a uno mismo como hijo o hija de Dios que somos. No importa lo que somos o lo que hemos hecho, somos dignos del amor de Dios, y por lo tanto, dignos de amarnos a nosotros mismos y de ser amados. Y si somos dignos de ser amado, con todas nuestras faltas, estamos llamados a amar a los demás a pesar de sus faltas. Este es el mandato universal.